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APUNTES SOBRE LENGUAJE INCLUSIVO

La palabra, como el centeno, es semilla de infinitas cosechas. Si el centeno debe su nombre a la creencia de que un solo grano podía producir cien, estaremos de acuerdo en que nada es más productivo, en términos de ajuste a la realidad, que el lenguaje escrito. Una historia de la realidad sería una historia de las palabras: realidad y lenguaje cambian juntos.

Al acometer la redacción de un texto no existe hoy por hoy un registro unívoco en el empleo de lenguaje inclusivo; tener en cuenta la procedencia y la intención del texto se convierte en cuestión básica para su corrección. Quien escriba será libre de elegir una modalidad u otra, entre varias, y conviene que sepa que ninguna ha de ser juzgada incorrecta de antemano: la recepción dependerá del acomodo entre el entorno en el que se pretenda insertar el discurso y la opción ideológica desde la que se redacte.

Sabemos muy bien que aquello que no tiene nombre, sencillamente no existe; sabemos en consecuencia, que escamotear un nombre es sinónimo de ocultación, de velo, de oscuridad. Así se ha “protegido” la humanidad  de sus tabúes y sus miedos, de la misma manera que se consigue el efecto contrario de visibilidad súbita creando lenguaje o ensanchando los contornos de significado de las palabras. Ignoramos lo que no se nombra, ya sea por desconocimiento real, ya por voluntad de mantenerlo al margen; pero en el extremo opuesto de esa lógica las personas nos sentimos seguras de comprender aquello que de manera persistente se nombra con el único propósito de hacerlo parecer diferente de su esencia verdadera –para bien o para mal.

La lengua desconocía la tensión tremenda que provoca la irrupción del lenguaje inclusivo, porque con él no cambia una realidad comercial, ni se bautizan artefactos nuevos o ingeniosos: el lenguaje inclusivo mina sin ambages la forma de entender el reparto de poder, ataca en sus cimientos las claves más antiguas de autonomía, de individuación y de dominio.

Como quien llega por casualidad a una página de pasatiempos, juguemos con un puñado de palabras, sin más orden ni academia que el capricho del cambio: hubo un tiempo en el que ‘impresora’ era la mujer del impresor. La renovación del lenguaje es frecuente y constante, la asumimos con naturalidad en los procesos habituales de transformación técnica; suele incluso existir rápida unanimidad en la adopción de calcos léxicos que castellanicen un artilugio  que llega a nuestras vidas con su nombre en inglés y nadie se rasga las vestiduras porque viejas palabras designen cosas nuevas: ratón, sin ir más lejos.

Si cambia la índole del tráfico comercial cambian con ella las palabras que designan unidades de medida, formas de contar, de pesar, pagar, valorar y así –casi sin darnos cuenta- cayeron en desuso muchísimos vocablos que habían llegado al castellano desde el árabe: adarme, arroba, celemín, por ejemplo. Formas de construir más rápidas, más seguras, nos trajeron de regreso al arquitecto y despidieron al alarife; el albañil –por cierto- conservó empleo y nombre. El táper alquiló a tiempo parcial  los espacios de las tarteras y la aceitera hizo lo propio con la alcuza; el jubón perdió en larga batalla con la chupa -en España- y con la chompa -en América del Sur-, mientras que el jersey y la rebeca son descendientes de fortuitas tendencias de la moda.

Cada cierto tiempo entran en el diccionario palabras nuevas; de las últimas en hacerlo: calefactable, bioenergía, pinqui o postureo. Otras que llevan en él relativamente poco tiempo y que nos parecen antiquísimas han vivido curiosos vaivenes por presión de registros cultos: elite y élite conviven con una explicación de tal dualidad en el Diccionario panhispánico de dudas, como armonía y harmonía.

¿Quién no ha sonreído ante la transposición de un sonido al escuchar otras formas de llamar a las croquetas o al dentífrico? Sin embargo, el mismo fenómeno normalizó palabras como cocodrilo o murciélago.

Común a todos estos fenómenos es la ausencia de trauma en la comunicación; la mayor resistencia es anecdótica, que quitemos o pongamos la p a psicólogo es tan llevadero como asumir que otra p hace mucho dejó de escribirse delante de neumonía. Va en preferencias aceptar güisqui, váter, video o clicar.

El pasatiempo, la gracia y la curiosidad acaban cuando las palabras son ‘médica’, ‘árbitra’, ‘azafato’ o ‘bombera’. No es posible eludir a priori el sesgo cognitivo, ni desentenderse sin más de la resistencia inconsciente a la pérdida de estatus, o cuanto menos rehuir el deseo por la estabilidad de los valores vitales.  El lenguaje inclusivo pone de súbito toda nuestra construcción cultural en dique seco y propone cambios tales, que tras ellos jamás podremos relacionarnos de la misma manera. Por eso resulta a la vez delicada y urgente su sustanciación, también porque el estrés al que se ve sometida la lengua –entiéndase hablantes- provoca efectos secundarios que desvirtúan la causa de fondo de una renovación que aún bien entendida, perturba.

Un léxico inclusivo en un manual de educación primaria, visto en colorines y con tipografías atractivas, es una conquista de futuro de valor inestimable. A partir de esos manuales la sociedad terminará revisando hasta los aplausos que aún procuramos al paroxismo estético del Rapto de Proserpina de Bernini y que más bien deberían avergonzarnos.

Lo que el lenguaje oculta en su presunción de neutralidad con el masculino como genérico o carente de marca, no es únicamente la realidad femenina y su expresión específica, sino una larga historia de daño, violencia y anulación. Resulta que cuanto ha sido dado por obvio, o baladí o hasta invisible, es ahora sustantivo; aún sin intensos y elaborados razonamientos y solo en su apariencia más elemental, el lenguaje inclusivo nos convoca al equilibrio y a la justicia. ¿Quién no se tiene por justo? Ejércitos de fieles parece tener el purismo gramatical en este tema -una forma elegante de sacar del foco la auténtica necesidad- y salvo escasas excepciones que sostienen honorables y conservadores criterios filológicos, incontables mecenas del purismo solo tienen miedo y es más lo que saben de relaciones económicas que de morfología o sintaxis. Bien podrían compararse con algún personaje de El nombre de la rosa empeñado en ocultar los resortes de la risa (que en lo referente al recorrido de un nombre, desde el secretismo a la banalización, Umberto Eco tiene lecciones para todos los gustos).

La lengua es dúctil y pertenece a la totalidad de sus hablantes; no es razonable ni admisible que la mitad de esa “totalidad” carezca de signos para dar plenitud a su presente o revisar su pasado y se vea obligada a hablar como Calibán, el criado de Próspero en La tempestad de William Shakespeare.

(…) la palabra es la tecnología por antonomasia. Cualquier otra, incluso la más reciente, es solo un remedo de aquella. Lo técnico, no por ser más moderno, es mejor que lo anterior. (…) El léxico, hablando en términos económicos, es un activo inmaterial,  público e inagotable, sin costes de producción y sin necesidad de artilugios, puertos, sistemas operativos, etc. para su uso.

Carriscondo, F.M. (2020). La palabra como realidad aumentada. Archiletras,  nº. 6 enero/marzo de 2020, p. 168.

Si echamos la vista atrás, no diez años, ni cien, sino dos mil setecientos, encontraremos que el latín era la lengua de una aldea. Piénsese -para forjar una noción de lo que ello representa- que mientras en Atenas, por orden de Pisístrato, ponían por escrito los poemas homéricos, en las proximidades de Roma un tal Manio grababa con caracteres escritos de derecha a izquierda una frase en la superficie de una hebilla para un tal Numasio y nos legaba el primer testimonio de latín escrito que conocemos: despojada de algunas marcas arcaicas la frase suele traducirse como “Manius me hizo para Numerio”. El latín de esa inscripción es prácticamente irreconocible, un auténtico quebradero de cabeza para paleógrafos; bien poco se parece al latín de época clásica, ese que hoy -además de identificar, por supuesto, con el latín literario- debemos imaginar como el influjo cada vez más vasto de un idioma de poder que alimentaba a funcionarios, a comerciantes y a un número estratosférico de soldados; un idioma de poder que pagaba la vida regalada de sus mejores poetas[i]. El latín crece (y se estiliza) en la medida en la que Roma lo hace: política y lengua, poder y lengua siempre de la mano; agreguemos otro par: tradición y lengua, y como medio fundamental de su transmisión, la lengua escrita.

Cada quien puede posicionarse frente al uso del lenguaje inclusivo como mejor estime, justo en este momento en el que abundan muestras de que asistimos a un proceso de pujanza y resistencia. Las instancias de poder que alientan su uso son instancias emergentes –sobre todo si las miramos con una dilatada perspectiva en términos de tiempos históricos-, mientras que aquellas que defienden el arraigo y apenas admiten reajustes tímidos en la conformación sexista del lenguaje suelen estar vinculadas a inveteradas formas de asignación de roles. Habría que anotar que esta pugna no se produce de manera frontal ante la causa que la genera: si para los entes defensores del lenguaje inclusivo hay una discurso claro que pone el acento en la ruptura de los esquemas masculinos de autoridad, desde el otro lado no hay argumento alguno que objete postulados de igualdad, sino la duda inocente de que el lenguaje sea útil para conseguirla o que alguna vez la lengua haya sido decisiva en la exclusión.

El verdadero nudo gordiano entre ambas posiciones hay que buscarlo probablemente fuera de sus discursos, toda vez que los argumentos de cada parte no se desarrollan ni divergen en apariencia desde enunciados opuestos equivalentes. Vincular conciencia lingüística e interpretación del mundo, o independizarlas como si una existiera al margen de la otra parece arrojar algo de luz sobre el fondo de la discusión entre partidarios y detractores del lenguaje inclusivo.

No es este el lugar para una digresión presumiblemente extensa que analice el entramado deductivo de unos y otros, pues ese es terreno de la lógica como disciplina facultada para dirimir verdad o falsedad entre argumentos. En la práctica diaria de nuestra lengua algo ya ha cambiado y desde no pocos entornos se demanda el uso de una diferenciación clara, explícita, de los sexos en el lenguaje; a este requerimiento se van sumando cada vez más propuestas normativas que bien administradas  pueden fijar nuevos usos en aras de la equidad sin dañar ese esplendor de culto que le suponemos al español sus hablantes y que tan querido nos resulta.

[i] En este párrafo, lo que se ha construido de acuerdo a las normas de los grupos nominales en masculino con valor inclusivo –funcionarios, comerciantes, soldados y poetas-, únicamente cierto conocimiento de aquel contexto romano y un esfuerzo consciente nos harían advertir que todos estos sustantivos solo pueden aludir al género masculino.

 

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