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CRIATURA DE ISLA

¿Quién que haya pasado por el instituto puede asegurar que no se llevó, al menos una vez, las manos a la cabeza para organizar dentro de ella la variedad de escuelas de pensamiento y movimientos artísticos y literarios?

De la escuela pitagórica al positivismo, del posmodernismo a la lírica arcaica, nuestra cultura separa, clasifica, ordena.

He aquí una verdad de Perogrullo: clasificar es un modo de inclusión; entonces es también una forma de exclusión.

Bajo una perspectiva académica, la fijación de una corriente literaria se conceptualiza a posteriori; pero esa no es la única manera en la que quedan establecidos límites que más tarde son aceptados como ciertos y por tanto de difícil movilidad.

Con especial profusión en la época de las vanguardias, los propios artistas o promotores de las ideas han inscrito clasificaciones cuya denominación persiste, e incluso algunas ganan prestigio con el paso de los años.

Décadas después se dice menos, o no se dice, que ciertos movimientos se definieron en una voluntad simultánea de crear-nombrar. Gracias a esta bisagra el creador, o grupo de creación, que nombra para sí, busca insertarse en el canon académico mientras escamotea la confesión: “el referente máximo del concepto soy yo / somos nosotros”.

A mí este mecanismo me recuerda a la práctica extendida –por eficaz- de “crear necesidad – aportar solución”, propia de estrategias de venta (marketing sería el término).

Hacerse con un sitio propio en las letras, aun con la obra en ciernes, es muy tentador. A algunos autores les ha traído beneficios monumentales –en el doble sentido- fundar un concepto dispuesto especialmente para definir lo que escriben, en contenido y en forma.

Arenas movedizas son estas para intentar sustanciarlas aquí, y aunque ninguna huida es elegante… quede dicho, en el mismo hilo de razonamiento, que la enseñanza secundaria obligatoria no entra en esas lides y se limita a atormentar a los estudiantes con la memorización de ismos y ejemplos de creadores representativos.

Me refugio en una figura sin escuela, en una obra sin clasificación cerrada; me refugio en la vida y en las páginas escritas por una “criatura de isla” como se llamara a sí misma, sin estridencias, Dulce María Loynaz (La Habana 1902-1997).

Se incorporó ligeramente y se puso en pie. Sus pies no parecían tocar la tierra, como los vestidos no parecían tocar su cuerpo. Había una confusa inmaterialidad de las cosas o de ella misma, que le dio una sensación semejante a la de estar rodeada de un aislador, de una sustancia transparente y laminada de talco, o más bien de algo incorpóreo que la mantenía enhiesta, a manera de un filamento eléctrico en una bombilla de cristal.

Dulce Mª Loynaz; Jardín, La Habana, Letras Cubanas, 2002, p. 61.

Hoy, que conozco cómo se forjaron, tanto la etiqueta “realismo mágico” como sus corolarios más afortunados, comprendo lo difícil que resultaría extender, ampliar, la nómina de escritores y escritoras que legítimamente serían la cuna del movimiento y que permanecen excluidos de los medios que garantizarían su transmisión.

Si poco a poco parece abrirse una brecha de justicia literaria en torno a Dulce María Loynaz, creo que ello, más que consecuencia de la concesión del Premio Cervantes en 1992, se debe a la influencia creciente de los estudios de género, que propician a largo plazo esta clase de desagravios. Desagravios que nunca llegaron de la mano de sus deudores verdaderos.

Con el cambio afortunado del signo de los tiempos comienza a notarse, al menos en Occidente, cómo parte de la sociedad se esfuerza por poner en valor la obra desconocida –ocultada más bien- de mujeres dedicadas a las ciencias, a la investigación, al arte o a la literatura. (He aquí un paréntesis necesario: lo del “cambio afortunado del signo de los tiempos” estuve a punto de cambiarlo más de una vez por “cambio aparente del signo de los tiempos”. Entre la candidez y el pesimismo, voto por la candidez y asumo fuerzas inevitables de reacción, al más puro estilo de la tercera ley de Newton. En otro sentido, valdría también acotar que el significado de “Occidente” leído como “cultura occidental” remite a una homogeneidad tan discutible como cargada de salvedades.)

El 22 de agosto de 2015 aparecía en la portada de Babelia (semanario cultural de El País) un interesante titular: “Escritoras de América Latina, al fin visibles”; aunque ampuloso, lo verdaderamente infrecuente vendría detrás:

La onda de silencio que ha cubierto a las escritoras latinoamericanas se ha roto del todo. Sus voces, diversas y de todas las generaciones avanzan por el umbral de una época dorada para la literatura al abrirse paso contra las etiquetas, el machismo, la discriminación, los tópicos, los prejuicios, la incultura o la inercia del ninguneo del mundo del libro, la sociedad y los medios de comunicación.

Winston Manrique Sabogal; https://elpais.com/cultura/2015/08/20/babelia/1440066991_215311.html

Tales son los obstáculos, que el propio articulista errará unos párrafos más adelante, por puro desconocimiento: “Elena Poniatowska, segunda latinoamericana Premio Cervantes y única narradora, la otra fue la poeta cubana Dulce María Loynaz” (ibidem). El autor desconoce Jardín, Un verano en Tenerife, Fe de vida. No hay premura periodística que justifique semejante falta de cuidado.

El 25 de octubre de 2019, un avance de Babelia traía un titular de bandera: “Las escritoras que olvidó el canon latinoamericano”. Si en el artículo de 2015 hay buenas intenciones, en el de 2019 directamente se llama a las cosas por su nombre y sin cortapisas ni miramientos se habla de “corregir la anomalía de un boom eminentemente masculino” [sic]. En la revista, al día siguiente, no podía faltar y no faltó Dulce María, junto a María Luisa Bombal o Elena Garro.

El mundo ya es otro; es solo cuestión de tiempo.

El boom latinoamericano -todos lo sabemos- fue un fenómeno literario a la vez que un filón comercial del que participaron no solo los que hoy aceptamos como autores canónicos, sino también autores vivos tenidos por precursores indiscutibles de dicho fenómeno. Constreñido en etiquetas, el boom latinoamericano no deja de ser la vertiente política del realismo mágico comercializada con éxito.

Se escapa a mi razón que personas tan capaces, provistas de una lucidez profunda para fijar conflictos de calado, resulten luego de una cortedad casi infantil por soslayar que la conceptualización que hacen de su obra y de sí mismos, morirá merced al cambio continuo de las categorías que van modificando el discurso regulador con el paso de generaciones y de épocas. No por mucho que se abone un huerto, necesariamente lo consagrará la primavera. Puede que el jardín de al lado, oculto tras una tapia, sufra los vaivenes del viento, caiga el muro y quede a la vista de todos.

Mucho me temo que la causa del poderoso atractivo que ejerce sobre mí la figura –escritora y obra- de Dulce María Loynaz, enraíza en mi identificación personal con su dolor permanente por lo que veía desvanecerse. Desvanecido está y solo queda la evocación mediada por su prosa.

También yo –y no se interprete por favor como una osadía- soy de isla; no es circunstancia elegida, vino dada por la casualidad como cualquier nacimiento. Ello me otorga sin embargo; algunas prerrogativas para hablar con propiedad: el isleño no se construye a sí mismo, la isla lo construye. Tal condición puede quedar sepultada bajo capas de cosmopolitismo continental, unas veces auténticas, otras, impostadas. Pero hay momentos –no pocos por cierto- en los que la naturaleza del isleño se sacude esos velos y aparece su índole incontestable.

En lo que viene al caso, me he visto sorprendida por el “entendimiento” –que es mucho más que la comprensión- de la melancolía que recorre la obra de Dulce María Loynaz. Hay un componente de afinidad que no percibo en otros textos de tono análogo; otros textos que resultan, esta vez sí, comprendidos y asimilados desde el discernimiento, desde la inteligencia más que desde el instinto.

Siempre he considerado una responsabilidad mantener el disfrute de la lectura en equilibrio con el conocimiento del material teórico para el análisis de textos literarios, mantener la existencia de dos compartimentos estancos, uno para el goce o la emoción que espero me contagie la literatura –al menos, cierta literatura-, y otro para su examen, para la observación no contaminada de estructuras textuales que garanticen su investigación en sentido estricto o profesional.

Debo ser yo, de manera consciente, quien ejerza el control de los trasvases entre un compartimento y el otro. Dicho esto con toda solemnidad, admito ahora la inocencia con la que disfruto de la prosa y de la poesía de Dulce María.

Pienso de pronto en otros casos en los que pude ceder; así al vuelo recuerdo a Virginia Woolf y a Sylvia Plath, y no lo hice. Podría desdoblar sus textos y contemplarlos de dos formas diferenciadas y distantes: así como contemplaría un eclipse solar un niño, o como lo estudiaría un astrónomo.

Por los textos de Dulce María me dejo llevar, la rigidez autoimpuesta desaparece y me abandono a que su lectura me haga extrañamente feliz: la isla común hace las veces de espejo, espejo como el de “Últimos días de una casa”:

donde los viejos se miraron jóvenes,

guardando todavía sus imágenes

bajo un formol de luces melancólicas.

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